¡Viva la frivolidad! (Los martinis como las tetas: nunca más de dos)

14 de marzo de 2017
¿La llamé  con el pensamiento? 
¿Por qué sigue usando ese tipo de zapatos
Dos preguntas que me hice mientras cruzaba de punta a punta el centro comercial. Estoy segura que últimamente soy la clienta más puntual de Amancio Ortega
Sí, ya lo sé… Inditex, ese monstruo de la industria textil, explota sin contemplaciones a miles de familias en Indonesia. Seguramente también tira al mar los cuerpos tumefactos  de cientos de chinos que trabajan en barcos cortando y cosiendo prendas en serie. ¿Pero qué le vamos a hacer? Las damas inquietas o las que han perdido el candor del beso robado, calman su ansiedad con vestidos, faldas, blusas o zapatos.
Eso mismo pensábamos E y yo cuando íbamos juntas al colegio. Al volarnos las clases para ir a fumar y planear nuevos asaltos nocturnos al buró de nuestros padres. 
Yo le decía: cuando no puedas dar más besos, da zapatos. Y reíamos. 
Hace más de quince años que no veía a E
Un día desapareció del pueblo. Su madre se la llevó lejos porque la pobre no pudo superar la depresión de una muerte prematura. Su novio, joven promesa del derecho, se mató en una autopista. Tenía 22 años. 
¿Por qué nos dejamos de ver si fuimos más que amigas? E era como mi hermana. 
Una boda nos separó. Mi boda. Mi muy precoz matrimonio.
E quería divertirse y ya no lo podía hacer conmigo. E fue la chica más deseada, no sólo del salón, sino de todo el pueblo.
Digamos que E creció muy rápido. Mientras las demás compañeras éramos unas lombrices amorfas, E de la noche a la mañana se convirtió en una hermosa mujer. Despampanante. De curvas generosas.
Nuestra amistad duró muchos años. Los suficientes para extrañarla toda la vida.
Es curioso cómo se presentan las cosas. Hace una semana salí con F y me preguntó por E.
F sigue siendo uno de mis mejores amigos. F me dijo: “¿Qué fue de E? ¡Ay, carajo! La recuerdo y me da calor. Tremenda chica. Muchas veces, cuando me invitaba a su casa por las tardes, me pasaba la punta del zapato por la entrepierna. Me moría de vergüenza porque del otro lado estaba sentado su novio, el buen A. ¿Te acuerdas de él? E lo traía hecho un pendejo como a todos los chavos de la escuela. ¿La has visto últimamente?”.
Le respondí que no. Que de hecho había dejado de verla hace casi quince años. Sólo una vez coincidimos después de mi boda, pero digamos que al verme cargando pañaleras y corriendo para calentar biberones, le di una hueva espantosa. No me volvió a buscar. 
Repito: lo que más le gustaba en la vida a E era la fiesta. La fiesta y los hombres. Los hombres ajenos, sobre todo. Y los papás de sus amigas. Y las fiestas heavy. La ropa de marca, los perfumes, los zapatos…
F y yo brindamos copiosamente por E. No sólo con un mezcal. Con dos o tres o cuatro. 
Al paso de las horas recordé algo que otro amigo en común me había contado sobre E: “Sigue soltera. Vive con su mamá, pero, ¿recuerdas que era una perfecta haragana en la escuela? Algo cambió. Después del duro golpe de su viudez prematura, se metió de lleno al estudio. Hoy es doctora en derecho constitucional y da clases en una universidad de buen nivel. Está idéntica a como la dejaste de ver, sólo que ya no es tan divertida”.
Eso le conté a F y se quedó pensando un momento con su trago en la mano. Vi cómo los ojos se le llenaban de fuego, recordándola. Evocamos juntos pasajes aquella época. 
“Yo siempre fui el ganón. ¿Te acuerdas cuando iba a tu casa a jugar botella, y como era el único hombre, tú, E y L, se turnaban para besarme?”.
Era cierto. A F le gustaba tocar guitarra y fumar mariguana desde los 14 años, pero lo que más le gustaba era besarnos en relevo a mis amigas y a mí. Salía todo rojo del juego. Rojo y supongo que empapado. 
Tomamos un último mezcal y pasamos revista por nuestros respectivos triunfos y fracasos. Cada vez que veo a F regreso a la adolescencia. Nos la pasamos peleando, comparándonos, compitiendo.
Puedo decir que le llevo una vida de ventaja. Aunque pensándolo bien él tiene en su haber una escala por la cual yo no he tenido que transitar: perdió a su padre y a su novia. 
Yo no sé qué es eso. Sigo viendo a mi padre cada domingo y todos mis ex novios viven (aunque algunos estarían mejor tres metros bajo tierra).
No me gusta hablar de ese tema con F. Lo entristece, lo deja tumbado en la lona durante semanas (y con razón). Por eso preferimos hablar de E.
Antes de despedirnos, F añadió: “Esa mujer cargaba con una frivolidad exquisita. Era más frívola que tú ¡y eso es mucho decir! Ojalá algún día la vuelva a ver”.
Regresé a casa pensando en ese tiempo. Los fines de semana juntas. Las caminatas por la playa, los raves, los amaneceres telúricos. 
E es una presencia lejana e intermitente. Los años no han logrado apagarla del todo. E es un dinoflagelado fluorescente  en mi memoria. O lo era hasta hoy, que la vi cruzando de Zara al Palacio de Hierro. 
Acababa de meter unos buenos miles de pesos a la cuenta personal de ese infame de Amancio Ortega, cuando di media vuelta y reconocí sus pies. Unos pies pequeñísimos. Sus zapatos nunca me quedaron. Calza del 2 (lo que suponía un problema porque no podíamos prestarnos ni tenis ni las zapatillas de ballet cuando asistíamos juntas a la sucursal de la Royal Academy of London en Puebla). 
Miré sus zapatos. La misma clase de zapatos que siempre ha usado: de tacón grueso y altísimo. Zapatos como de monja, pero monja metida clandestinamente al Femdom. 
La seguí. Era ella. Era E. Su cabello negro como siempre. Nunca el peróxido envenenó sus puntas. 
Tuve flashbacks mientras la perseguía a hurtadillas. Daba algunos pasos y se detenía frente a un aparador. Llevaba en las manos sólo una bolsa de “Rosmarinus”, esa tienda orgánica donde venden todo para el jipi chic. 
¿Y las bolsas, E? ¿En dónde están las cinco o seis bolsas gigantes con las que salías antes de las tiendas? 
Cada fin de semana se lanzaba a comprar ropa nueva, zapatos y calzones. Tenía una fijación por los calzones blancos de encaje. No dejaba que se le pusieran amarillos con las lavadas, y de ser así, los tiraba e iba por unos nuevos. 
Y es que E sabía lo que portaba. Tenía las nalgas más duras y redondas de la prepa. Y tenía novios mayores a los que dominaba con el poder de esas nalgas…
Sí. Era frívola. Exquisitamente frívola. Zorra como pocas. Una femme fatal de nacimiento. Desde que sus papás eran novios, más bien. 
Al fin, cuando E entró a Sanborns y se paro en la sección de libros, me atreví a plantarme frente a ella. Era la misma: los mismos ojos, sólo que menos pintados. La misma boca recta, carnosa y casi siempre seca. El mismo vello que le prolongaba las patillas como si le fuera a salir una barba. La misma nariz ancha, pero respingada (ese tipo de nariz que tienen las mujeres que son sucias en la cama). 
Nos miramos unos segundos. La abracé. Yo siempre abrazo a la gente. 
Ella no se inmutó ante mi asedio. Sentí la distancia. El río del tiempo. Agua que no pasa nunca dos veces por el cauce. Hielo.
Cruzamos algunas palabras. Dos o tres impresiones. Ella tomó del librero un best seller; un libro malísimo que algo tiene que ver con las abejas. Pensé en Maeterlinck y en un viejo amigo que me regaló sus libros.
E seguía igual por fuera: los zapatos de monja “Femdom”, los jeans apretados y la blusa medio abierta que dejaba ver la llanura de su pecho (sus sostenes nunca pasaron del 32 A). Pero algo cambió. Esa bolsa horrible de Rosmarinus lo dijo todo. Eché un vistazo dentro y descubrí un jabón de romero u otra planta y un cojinete que desprende aromaterapia cuando lo calientas. Quizás E lo usa para calmar los dolores de la fiebre reumática que tuvo de niña. 
Intercambiamos números de teléfono. Ella pagó su best seller y yo me quedé parada frente a la vitrina de la bisutería. Me deprimí. Entonces di media vuelta y entré al bar de Sanborns con mis bolsas llenas de faldas y jeans desgarrados.
Cuando quieras sentirte viejo y miserable, ve al bar de un Sanborns. Ahí hallarás siempre a un pianista mediocre que tocará baladas almibaradas con su terrorífico piano eléctrico. Todos los bares de todos los Sanborns son iguales. Van los mismos viejos tristes y las mismas mujeres urgidas. 
¿Qué hice ahí dentro?
Pedí un martini seco con dos aceitunas y brindé en solitario por la vieja E: la mujer más exquisitamente frívola que he conocido. 
También brindé por Amancio Ortega y musité al aire: cuando no tengas más zapatos que comprar, pide un puto martini seco. 
Autor: Alejandra Gómez Macchia
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